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La mejor manera de comer alimentos orgánicos es precisamente en una granja.

Michael Hingston

Travel Alberta

Mar 06, 2018 - lectura de 4 minutos

Para un chef, no hay nada más fresco que esto: preparar una comida con ingredientes traídos directamente de los campos que están detrás de ti.

En Prairie Gardens, todo es entretenimiento. Lo primero que ves cuando entras a la denominada “granja de aventuras”, ubicada en las afueras de Bon Accord a 45 minutos en auto al noreste de Edmonton, es una lista de docenas de actividades para toda la familia, desde laberintos de maíz hasta espectáculos con marionetas y bolos con calabazas.

Sin embargo, Prairie Gardens es principalmente una granja en funcionamiento, y su comida extremadamente fresca potencia su evento más intrigante: cada verano, los habitantes de Alberta viajan desde todos los rincones para sentarse en los campos —literalmente— y disfrutar de una comida gourmet única que se cultiva y cocina en el lugar.

El enfoque hortícola de Tam Andersen permite que las comidas orgánicas no solo sean deliciosas, sino educativas.

Estas comidas orgánicas son una idea original de Blair Lebsack, quien ha estado redefiniendo la cocina de Alberta en el RGE RD desde el 2013. Sin embargo, incluso antes de que tuviera un restaurante, Lebsack solía recorrer la provincia, asociarse con determinadas granjas y preparar comidas de cinco platos con cualquier ingrediente que estuviera listo para recogerse en la mañana. Durante los últimos cinco años, se ha asociado con los propietarios de Prairie Gardens, Tam and Terry Andersen, tanto porque le encanta el lugar como porque la experiencia de Tam como horticultor le brinda nuevas ideas cuando se trata de buscar nuevos ingredientes y sabores.

Juntos, han impulsado aún más el concepto de comida orgánica: no solo darles a los comensales una descripción del origen de la comida, sino también llevarlos a recorrer la granja para mostrarles directamente los ingredientes.

En un tarde brillantemente soleada de agosto, me uní a aproximadamente 75 personas para disfrutar de algunos aperitivos, de charlas acompañadas del canto de las aves y del balido distante de cabras del zoológico interactivo de Prairie Gardens. Desde allí, es un viaje de un minuto en auto hasta los campos, donde todos nos sentamos en una enorme mesa comunitaria, en una esquina tan recientemente segada que caminamos sobre hileras de heno que aún no habían sido enfardadas.

El menú de comidas orgánicas cambia constantemente: algunos ingredientes y determinadas ideas no se definen hasta horas antes de aparecer en los platos de los comensales. Esta noche no es la excepción. Temprano en la mañana, Tam llevó a Lebsack a caminar por el campo para mostrarle algunos rábanos negros que podría utilizar en la ensalada de esta noche. Sin embargo, se sintió igualmente atraído por una hierba floreciente que se encontraba cerca del lugar, llamada Chenopodium. “¿Es comestible?”, le preguntó. Resulta que es comestible, por eso está en nuestros platos, como una colorida decoración para el flan de calabacín y el filete de bisonte.

No obstante, el objetivo principal aquí es volver a establecer una conexión entre lo que comemos y la tierra que lo suministra. A medida que traen los platos, cada vez más deliciosos y acompañados de un exquisito alcohol producido localmente, como era de esperarse, Tam nos obsequia anécdotas sobre la historia de su granja y la comida que tenemos frente a nosotros, que, en su mayoría, se cultivó y recogió a poca distancia de la mesa. El maíz pequeño en el succotash, por ejemplo, proviene de un campo tan cercano que podría estirarme y tocarlo. Cuando Tam anuncia que somos los primeros en probar la cosecha del año, toda la mesa lanza una ovación para celebrarlo.

Fred Katz

Los comensales tienen la oportunidad exclusiva de probar un cultivo antes que cualquiera, tal como el maíz recién recogido para las comidas orgánicas servidas en largas mesas en Praire Gardens.

“Mi trabajo”, dice, “es cultivar un sentimiento de comunidad y compañerismo. Personas desconocidas se reúnen, disfrutan de un festín y se vuelven amigos, y sucede en todas las comidas”.

El sol se oculta detrás de los cultivos de maíz mientras disfrutamos del último bocado de pudin de miel y grosella del postre. Finalmente, aunque no queramos marcharnos, dejamos de lado los tenedores y les ofrecemos un caluroso aplauso a Lebsack, a Tam, al personal de la cocina y a la granja misma, a quienes no vamos a olvidar en mucho tiempo.